JOAQUÍN MONPARDO
Las Cosas
Debo explicarte.
Primero, que las sombras esta noche son rojas
y que, no sé por qué, quisiera saber en qué cama duermes
y cuáles son las cosas que ves desde ella.
Después, ya explicarte aquello que no entiendo,
sobre todo, la soledad a la que arroja
la súbita plenitud de las cosas,
de pronto decididas a colmar su ser,
tensando sus bordes, nítidas,
hasta hacerse límites, tanta presencia
en todas, hasta que ya no hay en ellas
movimiento o gesto posible,
nada otro, y todo en sí hasta el silencio.
Y entonces la soledad de la que te hablaba
y saber, de esta forma tan clara en que a uno
se la pela que este saber sea intuición desbocada
que Juanca se equivocaba cuando me decía, ya hace
unos años, cuando la poesía,
que aquel viejo que escribía sus versos
muriéndose de cáncer, sus versos tan cursis,
sus versos su cáncer
que no era poesía, que no transmitía, que no asombro
que no técnica,
que no sus versos, su soledad.
Debo explicarte, ya ves que no, que las sombras
son esta noche rojas;
quizá por la soledad, por la plenitud de las cosas,
por este saber que vuelve como una niña dulce
y funesta a la cual vemos llegar
y a la cual solo podemos sonreír porque la sabemos muerta.
Entonces la ciencia, sobre todo su dispersión del universo,
su seguridad abstracta en la disolución completa en el vacío
y también, aunque menos, su melancólica datación
de la muerte del sol –de la luna, la muerta, poco dicen-,
entonces la ciencia y todo ello se van extrañamente al carajo
y sólo queda la certeza sin nombre y sin alma
de que esa chimenea clara delante de mí aquí en la noche
perfilada sola ante lo otro
es cosa y es plena y sigue siéndolo siempre,
aunque yo no, aunque yo vuelva a mis ojos
turbios y al jardín común de las flores bellas
y suaves y sus pétalos también, muy buenos,
en los que se posan bizcos los dáctilos.
Pero todo esto es para explicarte
que estas sombras, estas sombras
están en mis bonitas pestañas,
qué bonitas, me dices, qué bonitas y largas y negras,
qué bonita, pienso, eres tú, que ves mis pestañas
bonitas y no las sombras las sombras las sombras
que no ves que creo
que los jardines de la ausencia están aquí detrás,
querido, muy cerca, y no allá donde la carne
del niño. Que la carne da cuenta de la carne
y mis ojos, bonita, no dan cuenta de la sombra, de la ruina
de lo sido, de lo tanto amado, bonita,
y sabes que te amo, aunque yo no, ya no,
yo sé que eres sombra y que cuando me miras, no hay otra, ves sombra,
que no sabes cuáles son las cosas que miro absorto,
penetrado por su extrañeza, desde la cama extraña.
Yo sé que te amo, -también, siento confundirte- y que eres sombra entre
las rojas sombras
entre la ausencia eres ausente,
la ausencia que comulga con lo pleno.
He aquí la coniunctio, la hierogamia
en el altar de la chimenea, de la cosa,
que no es transfigurada sino que es
que es tanto, tanto ante lo tanto,
que culmina el extático llenarse de las cosas,
de esta noche, a decir verdad, tan bella,
hasta el umbral nunca vivido
en el que antes del desmoronarse
las cosas son en llama todas juntas nada.
Estas son las cosas, mi vida, que he de explicarte.
(Escucha Las Cosas por la voz y el rostro de Joaquín Monpardo)
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